
Esa tarde de calor denso en Medellín, me quedé mirando el indicador de volumen de mi micrófono en silencio absoluto. En la pantalla, el círculo con las iniciales de mi jefe se iluminaba mientras él esperaba una respuesta que yo solo sabía escribir, no decir. Tenía la explicación perfecta en mi cabeza, estructurada con la elegancia de un correo bien redactado, pero mis cuerdas vocales se sentían como cables oxidados. Lo digo en serio: sentía un calor súbito en el cuello y la lengua pesada, como si fuera de plomo, justo antes de activar el micrófono. Terminé diciendo un 'sí, claro, yo me encargo' que sonó tan vacío como un eco en un pasillo.
Mi manager fue directo al grano días después: "Escribes como los dioses, pero en las llamadas pareces otra persona". No era falta de conocimiento, era falta de herramientas para que mi identidad profesional no se perdiera en el camino a la boca. Así fue como, en las primeras semanas de enero, decidí que mi voz necesitaba crecer. Por cierto, en este camino he ido apoyándome en algunos recursos que mencionaré; si te matriculas en ellos a través de mis enlaces, recibo una comisión (del 45% en el caso del curso principal) sin que a ti te cueste un peso más. Solo comparto lo que yo misma estoy rayando en mi libreta cada domingo.
El mito de las 93,000 palabras y el vocabulario activo
Al principio, pensé que ampliar el vocabulario era devorar el Diccionario de la lengua española. Hay unas 93,000 palabras allí, pero pronto entendí, gracias al primer capítulo de mi curso de Hotmart, que el problema no es cuántas palabras conozco, sino cuántas soy capaz de invocar bajo presión. Los lingüistas hablan del vocabulario pasivo —esas palabras que entiendes cuando las lees— frente al vocabulario activo, que es el que realmente sale de tu boca en un momento de estrés.
Descubrí que mi vocabulario activo era diminuto. Usaba 'hacer' para todo: hacer un reporte, hacer una llamada, hacer una estrategia. Empecé mi hábito de completar un capítulo por semana de mi curso de cabecera, el Curso El Arte de Comunicar, que tiene una calificación de 4.5 por una buena razón: no te pide que hables como un académico, sino que encuentres el verbo preciso. Mi ritual de los domingos se volvió sagrado: una hora de video y luego anotar en mi libreta pequeña tres verbos que reemplazarían a mis 'verbos comodín'.
Cuando la propiedad no es elegancia, sino precisión técnica
Hace unos cuatro meses, tuve una epifanía sobre lo que significa hablar con propiedad. A veces creemos que hablar bien es usar palabras rebuscadas, pero en mi trabajo con clientes que vienen de sectores como la construcción o los talleres mecánicos, la propiedad es otra cosa. Si intento sonar como una locutora de noticias, genero una barrera. Sin querer, me di cuenta de que para ellos, hablar con propiedad significa usar un lenguaje técnico directo que demuestre conocimiento operativo compartido.
En esos entornos, decir que un proceso es 'complejo y multifactorial' suena a que les estoy ocultando algo. Decir que 'el fraguado del proyecto depende de la trazabilidad de los insumos' suena a que sé de qué diablos estoy hablando. La propiedad no es decoración; es el puente más corto hacia la confianza del cliente. Aprendí a sonar más profesional al hablar con clientes desde casa no impostando una voz que no es mía, sino robando palabras de su propio mundo y poniéndolas a trabajar en mi discurso.
Una vez intenté usar una palabra rebuscada que leí en un libro de gestión —algo sobre la 'concomitancia' de los procesos— y terminé pidiendo disculpas porque sonó forzada y arrogante. Fue un fracaso necesario. Me recordó que mi cuaderno no es para coleccionar términos extraños, sino para rescatar palabras que ya conozco pero que tengo miedo de usar.
El cuaderno de las pequeñas victorias y el roce del papel
Cada semana, después de terminar el tercer módulo y avanzar hacia el cuarto, mis entradas en el diario cambiaron. Ya no escribía sobre lo que me daba miedo, sino sobre lo que empezaba a sonar diferente. El roce del papel rugoso de mi libreta contra la palma de mi mano mientras anoto que hoy mi voz no se quebró al decir 'estratégico' es una sensación física de progreso.
He aprendido que la lectura en voz alta es un ejercicio motor. No basta con pensar la palabra; hay que sentir cómo vibra en los dientes. Dedico unos minutos cada mañana a leer un párrafo de un informe técnico en voz alta, exagerando la articulación. Esto activa áreas del cerebro que el pensamiento silencioso ignora. Es lo que me ha ayudado a eliminar las muletillas al hablar con clientes, porque cuando tienes la palabra precisa lista en la punta de la lengua, no necesitas rellenar el aire con 'eh' o 'este'.
Un martes lluvioso de julio y el silencio de respeto
Hubo un momento de quiebre un martes lluvioso de julio. Tenía una llamada con un cliente que estaba molesto por un retraso en la plataforma. Normalmente, yo habría tartamudeado una disculpa genérica. Pero esa mañana, recordé una estructura que practiqué el domingo anterior: validar, precisar y proponer.
En lugar de decir 'qué pena, estamos haciendo lo posible', dije: 'Entiendo que la interrupción en el flujo de datos afecta su operación diaria; estamos auditando el proceso para mitigar el impacto hoy mismo'. Mi voz no tembló. El silencio del otro lado no fue de confusión, fue un silencio de respeto. Sentí que, por primera vez, mi vocabulario estaba a la altura de mi capacidad técnica. Es increíble cómo llevar un diario de comunicación ayuda a hablar mejor cada día, porque te obliga a ser testigo de tu propia evolución.
No soy una experta en oratoria. Sigo siendo la misma especialista en customer success de Medellín que prefiere los domingos de lluvia y silencio. Pero ahora, cuando veo el icono del micrófono, ya no siento ese plomo en la lengua. Siento que tengo una caja de herramientas abierta y sé exactamente qué llave usar para cada tuerca. Si sientes que tu voz se queda corta frente a lo que sabes, te recomiendo empezar por algo pequeño, como el Curso El Arte de Comunicar. No te va a cambiar la personalidad, pero te va a dar las palabras para que la tuya finalmente salga a la luz. Y si alguna vez te toca una presentación grande, siempre puedes mirar opciones más intensivas como Yo Hablo en Público, aunque para el día a día, la constancia de un capítulo por semana ha sido mi verdadero salvavidas.