Diario del Orador

Cómo perder los nervios al hablar con clientes en reuniones virtuales

2026.05.26
Cómo perder los nervios al hablar con clientes en reuniones virtuales: mujer de customer success respirando antes de encender la cámara

En una videollamada, la cámara agranda la cara y esconde las manos.

Esa es la respuesta corta a la pregunta de cómo perder los nervios al hablar con clientes en reuniones virtuales: no hay truco de postura que arregle lo que en realidad se nota, que es la respiración y el temblor en la frase, y ahí la comunicación asertiva empieza por trabajar la voz real, no una versión actuada de ella. Llevo un tiempo en customer success, un trabajo donde escribir bien no sirve de mucho si la voz se apaga justo cuando el cliente espera una respuesta, y esa brecha entre lo escrito y lo hablado —que ya conté en otro texto— fue lo que me hizo probar dos caminos bien distintos para perder el miedo escénico frente a la cámara.

Dos caminos distintos para perder el miedo frente a un cliente

Llamo primer camino al que empieza por copiar la actuación de alguien más: la postura de un speaker, el gesto amplio, la pausa de manual. Llamo segundo camino al que empieza por la voz propia, sin filtro, escuchada y corregida desde adentro. Los dos caminos apuntan al mismo lugar, perder los nervios frente a un cliente en una reunión virtual, pero llevan a resultados distintos, y vale la pena mirarlos por separado antes de elegir uno.

Hay quien arma una rutina semanal de practicar sola en la casa antes de las llamadas, sin cámara y sin nadie escuchando, y ese ritual —que ya tiene su propio texto en este sitio— fue el primer empujón antes de notar la diferencia entre actuar y ser literal. Anotar en algún cuaderno los cambios chiquitos, una frase que salió sin tropezar, un silencio que no dolió, ayuda a no olvidar que hubo cambio, aunque ese hábito de registrar también merece su espacio aparte.

Cuaderno y bolígrafo para practicar comunicación asertiva antes de una llamada con un cliente

¿Por qué no funcionó copiar los gestos de un speaker de TED?

Practiqué frente al espejo, y después frente a la cámara apagada, los gestos abiertos de palma que había visto en decenas de charlas TED: el brazo que se extiende al hacer una afirmación, la pausa de dos segundos antes de la frase clave, la sonrisa medida que no llega a reírse. Nada de eso cambió lo que pasaba en mi garganta cuando entraba a una llamada real con un cliente esperando una respuesta. El cliente no ve el brazo extendido, la cámara recorta el encuadre a la cara y los hombros, y ahí lo único que se nota es si la voz tiembla o no.

Ese ensayo de gestos no servía porque estaba resolviendo un problema que no era el mío: el de llenar un auditorio, no el de sostener una conversación de a dos. Ya hacía ejercicios cortos de dicción antes de las llamadas importantes, trabalenguas de apenas treinta segundos para despertar la boca, y ese hábito seguía siendo útil aunque la actuación de speaker no sirviera para nada. Quedarme en blanco a mitad de una respuesta es un problema aparte, con sus propios trucos que dejo para otro texto, distinto del miedo puntual a que la voz se quiebre a mitad de frase, que empeora los nervios generales más que cualquier otra cosa.

Grabo mi voz y la escucho antes de hablar con nadie más

El segundo camino fue más simple y más incómodo: grabarme leyendo un párrafo cualquiera en voz alta y después escucharlo completo, sin cortar a los tres segundos por vergüenza. El miércoles pasado le di play a una nota de voz que me había mandado a mí misma por WhatsApp y encontré algo raro, ese eco metálico que antes me hacía buscar el botón de borrar esta vez no me hizo sentir ganas de apagarla. No es la primera vez que escuchar mi propia voz por primera vez me enseña más que cualquier técnica prestada de otro lado.

Pantalla de laptop en una reunión virtual, trabajando el miedo escénico frente a un cliente

Los nervios y el silencio total no son lo mismo, aunque en una llamada se sientan como gemelos, y esa distinción por sí sola merece su propio texto en otro lado. La glosofobia se alimenta de la sensación de estar siendo juzgada, mientras que quedarse literalmente sin palabras es otra cosa. Lo mismo pasa con las muletillas, los 'o sea' y los 'este' que se cuelan cuando la cabeza va más rápido que la boca, y que tienen su propio proceso de limpieza que no cabe acá. Lo digo en serio: nombrar cada problema por separado, en vez de meterlos todos en la misma bolsa de 'los nervios', fue lo que me permitió trabajar el que sí estaba resolviendo, que era el de sonar como yo misma y no como una versión ensayada.

Leí en voz baja un párrafo en la Librería Nacional del Centro de Medellín

Un sábado, en un pasillo tranquilo de la Librería Nacional del Centro de Medellín, leí en voz baja un párrafo cualquiera solo para escuchar cómo sonaba sin cámara de por medio. Nadie volteó a mirarme, y pensé después que eso decía algo: la voz sin actuación no llama la atención de mala manera, pasa casi desapercibida, que es justo lo contrario de lo que yo imaginaba que pasaría si dejaba de fingir seguridad.

Conozco a una amiga que toma clases de cerámica en un taller de Laureles; me dijo alguna vez que a ella nadie le enseñó a impostar la voz del torno, que el barro simplemente responde o no responde a lo que hacen las manos, sin poses de por medio. Sin querer, pensé en eso cada vez que dejaba de ensayar sonrisas de speaker frente a la webcam antes de una llamada: la voz, como el barro, o responde a lo que una hace de verdad o no responde a nada.

Vista de Medellín al atardecer, la calma antes de una videollamada y el crecimiento profesional en customer success

Elige el enfoque según el tipo de llamada

Para un escenario real, con luces, doscientas personas y una cámara que apenas alcanza a mostrar medio cuerpo, el manual de gestos de un speaker profesional puede tener su lugar. Para una videollamada de trabajo, con un cliente que ve la cara en primer plano y escucha cada respiración por el micrófono, ese manual sobra, y ahí conviene más un ritmo de habla parejo, una pausa real en vez de una pausa actuada, y una voz que no está tratando de sonar a otra persona.

La diferencia no es de personalidad, es de distancia: el escenario permite actuar, la pantalla obliga a ser literal. Cuando alguien me pregunta por dónde empezar con la comunicación asertiva en sus llamadas, no hablo de rituales largos ni de técnicas prestadas: hablo de grabarse leyendo un párrafo cualquiera y de escuchar sin taparse los oídos del bochorno. El crecimiento profesional en un rol de cara al cliente no depende de sonar como nadie más, depende de que la propia voz, con sus grietas, alcance para responder cuando toca. Qué pena si esperaban una fórmula con pasos numerados: lo único que tengo para ofrecer es esta comparación entre actuar y ser literal, y en mi caso, la literal ganó.